EL SENTIDO DE LA VIDA 3.5

“A alguien se le ocurrió un día contar historias, y la gente le escuchó.

Alguién creó la música, y lo siguieron.

Mientras unos luchaban, por tener el alma vacía, otros buscaban respuestas.

Estos que buscaban lo hacían fuera de su propio ser. Buscaban sentido a lo que no lo tenía. 

Soy Árin y conozco el sentido de todo”.

La señora Lisa trajo la carta recibida por los medios de comunicación, junto con el vídeo. Cuando leímos aquello no nos quedó duda de que un chiflado captaba fieles para una organización religiosa. Hablamos con Lisa de nuestra experiencia y ella nos mostró algunos de los perfiles de los que afortunadamente habían quedado en el camino. La mayoría era gente solitaria. Los había con familia, pero en las entrevistas, con psicólogos profesionales trasladados al lugar,  habían salido a flote sus insatisfacciones con su vida cotidiana.

No estaba claro cual era el objetivo que perseguía aquella oscura organización. Las autoridades seguían sin poder intervenir ante lo que era un encierro voluntario. Mientras Juliette y yo nos preparábamos para salir a la hacienda del tal Árin, Saúl y Lisa quedaban charlando en el porche.

–          ¿Es periodista, verdad?  – Dijo un tímido Saúl.

–          Treinta años como periodista. Hay pocas cosas que me sorprendan. – Lisa era una mujer de cincuenta y cuatro años. Con curvas gruesas y con un peinado que no podría despeinar ni un huracán. Rubia, recta, seria

–          Debe de ser un trabajo duro. Dedicará mucho tiempo a estar fuera de casa.

–          No me espera nadie. – respondió ella. – Los hombres tienen miedo a las mujeres como yo. Mujeres a las que han de demostrar que realmente son hombres.

–          Si, supongo que si. – Dijo Saúl sin saber bien a que se refería.

–          ¡Estamos listos!. – Interrumpimos Juliette y yo.

Saúl y yo fuimos en su camioneta y ellas en el impecable sedan gris de Lisa. Apenas nos separaban diez minutos del lugar pero cuando llegamos parecía incluso otro planeta. Una enorme construcción se extendía a lo largo de casi un kilómetro. No tenía más de quince metros de altura y en la entrada un enorme pórtico de madera. Había ventanales enormes alrededor, pero oscuros, con la intención de impedir ver el interior. Había dos grandes trailers a un lado, sin distintivos, algo de maquinaria agrícola y dos grandes invernaderos.  La extensión de los cultivos de trigo era incalculable a simple vista. Las puertas principales que daban acceso a la finca estaban abiertas. Los periodistas se agolpaban ante la entrada con todo un arsenal de supervivencia: Neveras, sombrillas, radios, televisores,… incluso un par de ellos jugaban a las palas. El calor era abrasador. Al bajar de los coches y tras unos instantes impactados, yo me acerqué a un fotógrafo y le pregunté por qué no llamaban y entraban si el acceso estaba abierto. Él apretó los labios, tragó saliva y me dijo que ya había dos periodistas dentro que habían entrado el día anterior al atardecer y no habían vuelto a salir.

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