EL SENTIDO DE LA VIDA 3.6

 

 

Saúl estaba inmóvil. Seguramente intentando hacerse una idea de lo que podrían hacer doscientas personas en aquel lugar.  Lisa nos sugirió hablar con uno de los psicólogos que había enviado el gobierno. Una pequeña entrevista para confirmar que realmente estábamos bien. Al terminar, Lisa nos presentó a Souta, un policía del estado de origen oriental pero que se había criado fuera de Japón. Era gordo y tenía bigote. Parecía mejicano más que japonés. Lo único que tenía de japonés era el pelo liso, grueso y negro. Bueno, y el nombre.  Souta, a petición de Lisa, había investigado la titularidad de la finca registrada al señor y la señora Freeze. Por las fotos que nos mostró aquel mejicano con uniforme y nombre japonés, no parecía que fueran culpables de nada más que de cosechar trigo. No constaba más familia. En los libros del tesoro no constaban ingresos fuera de lo normal. Insuficientes para construir aquel inmenso hangar. En la empresa de la luz y del agua también estaban inscritos los Freeze. De pronto, mientras hablábamos, uno de los camiones arrancó. Todos nos miramos unos a otros. De todos los periodistas que había allí ninguno se había percatado de que el conductor había salido de la nave. El camión inició la marcha dejando una nube de polvo detrás. Antes de que traspasara la puerta principal el viejo Saúl agitó los brazos frente a él para detenerlo. Todos sabíamos que no iba a parar así que corrí hasta agarrarlo de la camisa de felpa a cuadros y lo arrastré para quitarlo del camino del camión.  No había mucho que decir, con la mirada él me dijo “intenté detenerlo” y yo con la mía le dije “lo sé”.  Souta llamó a la central y les comunicó  los datos del tráiler. Solo necesitábamos saber a dónde iba y ya de paso, si se cometía la más mínima infracción, detenerlo. 

 

Saúl volvió a quedarse mirando aquel lugar. Quieto. Quería entrar con su caballo, su sombrero, su lazo, atrapar al malo y llevarse cabalgando a la señora Lisa a ver la puesta de sol. Cuando un hombre solitario ve un diamante como la señora Lisa, los ojos no parpadean, la espalda no se encorva, los hombros no se caen y en cada pisada se oyen las espuelas. “Tranquilo vaquero, o acabarás montando una silla de ruedas”, pensé yo. 

 

Souta se fue en el coche patrulla. Sudaba tanto que podrían crecerle geranios en el bigote. Nos llamaría con cualquier información sobre el camión. Mientras tanto Juliette conseguía que los compañeros periodistas nos invitaran a café, Lisa repasaba sus notas, Saúl recorría el perímetro como un sabueso y yo intentaba traspasar los ventanales tintados con la mirada. 

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