EL SENTIDO DE LA VIDA. PARTE CUARTA.

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–          Juliette, ¿te has fijado que no se ve salir a nadie de la nave verdad?. –Juliette asintió. – Bien. Pero, ¿alguien tiene que cuidar del invernadero, no es cierto?.

–          Puede que salgan por la noche. – Respondió Juliette.

–          No lo creo, esto está lleno de gente. Familias y periodistas acampan aquí desde hace dos días.

–          ¿Y qué sugieres Ben, que hay un túnel bajo tierra?.

–          Eso averiguaremos. Tenemos que dejar de centrar la atención en la puerta principal y vigilar el invernadero.

–          Va a ser un dia muy largo. – Dijo Juliette dando media vuelta y caminando hacia Saúl.

–          Saúl necesito ir a la ciudad. Voy a necesitar mi equipo.

–          Eso está bien pero, necesito…

–          Oh Saúl, no te preocupes. El combustible corre de mi cuenta. – Saúl sonrió.

Mientras Juliette iba a la ciudad yo comencé discretamente a hacer camino entre la maleza y buscar un lugar desde donde pudiéramos vigilar el invernadero. De pronto sentí rugir los motores de los camiones desde dentro de la nave. No podría llegar hasta un lugar donde pudiera verlos salir por la parte trasera. Me quedé donde estaba. Donde al menos podía verlos pasar. Salieron los dos camiones a gran velocidad, echando columnas de humo negro de sus cabezas tractoras. No veía que pasaba en la entrada pero suponía que los familiares estarían gritando a los monstruos de metal como si fueran ellos los que se tragaban a las personas. Aproveché el ruido de los diesel y el griterío para abrir todo el paso que pude, que no fue mucho,  con la ayuda de una vara seca que se rompía con facilidad. Luego quité la camisa, que era de felpa gruesa, y con las manos envueltas en ella logré avanzar más rápido y en silencio. “Seguro que el viejo tenía guantes en su vieja camioneta”, pensé, pero ya era tarde.

Mientras tanto, el gobierno y su delirante revolución seguían dando sorpresas. Más tarde vería en una pequeña televisión portátil de los periodistas otra medida de la gloriosa utopía con la que el presidente se había emborrachado.  El mercado de inversión se cerraba y se prohibían las operaciones financieras.  Podéis imaginaros como estaba de caldeada la situación. Los políticos de la oposición salían  descamisados, con las corbatas colgando, despeinados y rojos de impotencia. Los mandatarios de todos los países pedían una urgente intervención militar para restituir el orden financiero a lo que el presidente les respondía: “Pronto estaréis conmigo. Ahora veréis como nace un pueblo. Mirad y aprended. Destruid  y construid.”

Cuando Juliette y Saúl llegaron fui a recibirlos. Juliette fue a la parte de atrás de la camioneta y me dio una mochila. Ella cogió lo que suponía era su cámara fotográfica.

–          En esa mochila tenemos comida hasta mañana al menos. Por la noche haremos turnos y espero que tengas razón y no me hagas perder el tiempo.

–          Si quieres puedes quedarte a hacer picnic con tus compañeros. Pero creo que en dos días solo han conseguido fotos para hacer un reportaje de camiones.

–          Muy gracioso Ben. Vamos allá. Saúl, ¿vendrás por la mañana?.

–          Claro muchachos. Tengan cuidado.

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