El Sentido de la Vida. 4.1

El país sufría desde las 16.00 horas el bloqueo internacional. Los barcos mercantes cubrían el horizonte aguardando pacientes con su carga. A las dieciséis horas y dos minutos las calles eran un cuadro de terror. Las gasolineras surtían las últimas gotas de combustible, los supermercados eran saqueados, las caravanas de vehículos habían colapsado todas las carreteras. Los agentes de policía podían verse deambulando entre los coches zarandeados y descamisados por los que suplicaban una explicación y ayuda, pero que no conseguían porque aquellos que debían guardar el orden, estaban más desconcertados aún que los que pedían ser guiados dentro del caos. Las fronteras no tardaron en cerrarse y como si se tratara de un hormiguero donde entra el agua, millares de personas huían en todas direcciones por llanuras, valles y montañas. También había osados que protestaban con pancartas pintadas a rotulador frente a los edificios institucionales. Los medios de comunicación no tenían tiempo para programar y podía verse a los presentadores de informativos rodeados del equipo de redacción, sin respetar ni siquiera los planos, entregándose papeles unos a otros, con el teléfono enquistado entre la cabeza y el hombro y con chorretones de sudor por la cara.

Juliette y yo fuimos por el sendero abierto hasta la posición desde dónde vigilaríamos el invernadero. Allí, ajenos a todo, observábamos el maravilloso huerto. Ordenado, de colores vivos, tallos sanos y aire más puro que el de la Antártida. No se veía el suelo. Juliette dispuso el trípode y la cámara con un enorme teleobjetivo. Yo rastreaba con los ojos toda la hacienda, desde la esquina más diminuta donde se hundía el edificio con la tierra, hasta las nubes que planeaban en calma por encima. Después de tres horas sin movernos, y cuando la luz disminuía, oímos un golpe que venía del cobertizo. Un fuerte golpe de un cierre de hierro contra madera. Empezaron a moverse hojas de las habas que cubrían parte de la visión  interior.

–          ¡Maldita sea!, ¿lo has visto? . – Pregunté.

–          Lo he visto. Han entrado, tenías razón, tienen un pasadizo bajo tierra, lo tenemos, tenemos la entrada.

Juliette desmontó y enfundó el equipo de fotografía. Tiró el trípode a un lado, se levantó y comenzó a mirar a todos lados impaciente por salir del escondite.

–          ¡Agáchate! – Susurré con fuerza. – ¡Cálma! Tendremos que esperar hasta media noche para bajar ahí.

–          ¿Cinco horas? – Protestó Juliette.

–          Cinco horas. Aunque bajemos ahora, encontremos la trampilla y podamos entrar al pasadizo, sería arriesgado hacerlo antes de la media noche. Tendrán vigilancia pero al menos esperemos a que la mayoría, si siguen vivos, no estén despiertos.

–          ¿Cómo sabrás que duermen?

–          No lo sabremos pero disminuiremos el riesgo, ¿no crees?.

–          Tienes razón Ben. Pero será una tortura pasar cinco horas aquí resguardados.

–          No bajes la guardia Julie. Imagen

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